Prósopon
Su mano apretaba todavía furiosamente la empuñadura de su espada, el hierro ensangrentado denunciaba muerte cual testigo acérrimo de la fragilidad y la necedad humana. Con la respiración entrecortada se abrió paso entre los cuerpos y despojos esparcidos, y envainó cuidadosamente su espada luego de limpiarla con el borde de su manga. Tenía el paso lento pero firme en la convicción del deber cumplido, y caminó en dirección del campamento. En su mente había algo más parecido a la apatía que la calma pues no sentía el alivio que esta otorga; apelaba al orgullo que venía de la victoria sin realmente sentirla, y solo el brillo que ardía en sus ojos delataba la adrenalina que todavía corría por sus venas.
El viento traía el olor a tierra húmeda, a humo, cuero, pólvora y sangre, y a su alrededor los árboles parecían retener el eco de los gritos de dolor de los heridos, el llamado desesperado de los moribundos y los murmullos de sus soldados. Se miró las manos, sabía que la sangre que las cubría no era la suya y las llevó a su cara, intentando limpiar un poco el hollín y la tierra que la cubría, mientras seguía caminando consciente de los olores, de los sonidos, del sabor de la sangre en sus labios. Con los ojos en el horizonte avanzaba receloso de las tropas enemigas a pesar de la certeza de que había acabado con ellas. La guerra había terminado, pero la muerte no entiende de victorias ni de treguas y es mejor mirarla de frente.
Alzó sus ojos al cielo un instante y cayó en cuenta del silencio, ese temible silencio que siempre se antepone a la calamidad, esa calma que provoca miedo. Solamente sus latidos retumbaban en sus oídos como los tambores que anuncian la batalla, todos los sonidos a su alrededor habían desaparecido y al mirar de nuevo en torno a sí, un terror indescriptible lo paralizó. Cada soldado caído en torno a él tenía su rostro. Cada rasgo, cada gesto, cada expresión era la suya, como máscaras mortuorias que no esconden sino delatan. Sus piernas le fallaron y cayó de rodillas hundiendo su cara entre sus manos y abandonando toda cordura gritó entre sollozos desde lo más profundo de su desesperación a la vez que, con el último ápice de razón que le quedaba, se preguntaba aterrorizado si la voz con la cual gritaba era acaso la suya. Había mirado a la muerte de frente y ahora la muerte lo miraba a él.
* Máscara teatral de la antigua Grecia.
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