lunes, 17 de diciembre de 2012



 
Se detuvo a la orilla del mar con el cabello suelto a sus espaldas ondeante y dorado. Había corrido detrás de  las aves marinas que andaban a su alrededor aprovechando los despojos dejados por los pescadores de la mañana, una y otra se limitaban a quitarse del camino sin alzar mucho el vuelo para regresar al suelo un par de metros más allá del alcance de la pequeña. Estaba tratando de recuperar el aliento cuando un ave la sobrevoló y aterrizó a su lado, ella, consciente de que el más leve movimiento ahuyentaría al ave, solo la miró curiosa. Su plumaje, a diferencia de las otras, blancas con tintes grisáceos, era bastante más oscuro. El ave caminó hacia ella, lentamente, acercándose más con curiosidad que con sigilo, hasta pararse casi al frente sobre la pequeña  sombra proyectada bajo sus pies, la niña, tan fascinada estaba con la cercana presencia del ave, que a duras penas parecía respirar, el pájaro estaba sobre su sombra a la altura de su pecho, casi confundiéndose con la arena. La marea estaba subiendo, una ola rompió cerca y el agua mojó los pies de ambas, sin que ninguna retrocediera. Cuando el agua se retiró,  levantó la mano a  la altura de su pecho, en un infantil e inocente intento de acariciar al ave con la sombra de sus  dedos. Al instante el ave abrió sus alas y la niña rio divertida, la tarde aún no empezaba a caer y el color del mar era más profundo que el cielo despejado que se cernía sobre la pequeña cabeza rubia, tan absorta estaba con el ave y su cercanía, que no se dio cuenta en el instante en que su sombra desaparecía, encogiéndose en la arena, desvaneciéndose desde la cabeza hasta sus pies y donde un instante antes había un ave y una sombra, alzaron vuelo dos aves de plumaje muy oscuro que casi lograban confundirse con la arena.

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