Estaban en aquel rincón, escondiéndose entre la luz,
suaves siluetas ambulantes dibujadas con el talento con el que el tiempo
usualmente dibuja los días de sol, solo que nunca decreciendo, estaban ahí,
regadas en el universo a sus anchas y sin embargo, abarcaban ese segundo la
mirada ansiosa y fascinada de un hombre, que durante un segundo, podía saberse
dueño de todas las estrellas.
lunes, 17 de diciembre de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
Nostalgia
NOSTALGIA
Nostalgia arrastrada por noches y días y risas y
llantos, eternidades y prisas,
amargura amarrada a la risa, miserias y restos de
lápidas tibias,
cenizas que ahogan y opacan los párpados vivos de
vidas inertes,
pasión de pasados, soplos de nuncas y pálidos rastros,
razón de locura de trágicos labios que ocultan y
abruman y besan olvido,
polvo de años de sueños cubiertos por largas esperas y
cortos encantos,
recuerdos que en tregua se entregan al tiempo y evocan
futuros extraviados,
suspiros encarnados en cada una de las pérdidas,
idilios rendidos en brazos errantes, infinita
eternidad a la memoria,
espejos que ciegan la vida en la nostalgia silenciosa
de la muerte,
y absuelven la ira de tenerte, hoy nunca, soñado
siempre.
jueves, 19 de abril de 2012
Pretextos de locura
La locura sueña que está loca
y reniega la razón en su propio reflejo,
se aturde a momentos cuando evoca
lucidez bajo ciegos pretextos.
lunes, 19 de marzo de 2012
Humo
HUMO
En el Café la torre que se alzaba en medio de aquella
ciudad milenaria, sentado frente a la ventana y junto a una mujer, estaba un
hombre de mediana edad, vestido con un elegante traje gris y fumando una
delicada pipa. Estaban solos, los demás clientes se habían marchado ya hace rato y el mesero los veía como disgustado por su presencia. Parecía que ninguno de los dos tenía intenciones de marcharse aún cuando sabían que el
Café estaba por cerrar. Él miraba a la
mujer como se mira a la luna llena en su
esplendor y lejanía, con fascinación, tratando de adivinar que guardaba aquella cabeza mientras conversaban acerca de todos los temas que entre ellos podían detener
su mundo y a la vez extorsionar al tiempo. Él la amaba tanto que sentía que su
corazón empezaba a arder aún con más intensidad que el tabaco que se consumía
entre sus labios, en la mirada calma de ella parecía reflejarse toda la
ansiedad del alma de él mientras la audacia se batía con el silencio.
Sabía que era correspondido, ambos lo sabían, sin embargo se resistían a admitirlo, él pensaba que al decirlo, las palabras no podrían expresar la verdad de sus sentimientos y no serían más que humo... No
más que el humo que salía de su boca y que no harían más
que enturbiar aquel momento. Mientras él divagaba contemplándola, ella hablaba
animosamente. Se acercó el mesero y retiró sus tazas
al tiempo que el hombre del traje gris le pedía la cuenta, ella aprovechó la
interrupción para retirarse un momento hacia el tocador, él la miró mientras ella se
alejaba hasta que su mirada solo tenía el eco de aquella imagen
tan querida para él. El mesero se había retirado hacia la cocina y había
apagado ya varias luces del lugar, insinuando que ya era hora de que se fueran sin tener la desagradable tarea de
decirlo. El hombre del traje gris miró por la ventana cuando estaba a punto de dar fin al
poco tabaco que quedaba en su pipa y se quedó
paladeando su sabor un largo rato, llevó su mano hasta la pipa para retirarla
de su boca y exhaló por última vez. Más al momento de exhalar, sus labios
empezaron a tomar diversos tonos
grisáceos, algo así como el color de las nubes cuando se avecina
tormenta, y el humo que exhalaba no parecía parar de salir de su boca la cual
cosquilleaba al tiempo que insólitamente desaparecía… Miró en el vidrio su
reflejo, en un inicio con una sensación de infantil curiosidad, en su mente
distraída aún quedaban restos de la imagen de aquella mujer que volvería en
cualquier momento, ésta curiosidad se volvió incredulidad y la incredulidad se
convirtió en terror incomprensible. Su reflejo era ofuscado por el humo que
salía entre sus labios, en el cual se convertía su boca y se expandía.
De su rostro,
en pocos instantes, casi no quedaba nada, en su lugar solo había humo.Pronto
empezaron a desaparecer sus manos, su cabello, su torso…todo él se convertía en
humo, hasta que al fin, solo su miraba enloquecida en lo que aún quedaba de su
rostro resistía, una mirada aislada aun de aquel sofocante incendio se vio
reflejada en el cristal de la ventana gritando en silencio por auxilio hasta que
por último, desapareció.
Ella regresó al cabo de unos segundos, desde la puerta
lo buscó con la mirada pero lo único que encontró fue una pesada columna de
humo y la pipa en el suelo que se apagaba lentamente.
Irremediable
IRREMEDIABLE
Una daga reflejó la luna, apuntando al corazón, vestida de
sangre en sus pupilas la luna cayó al mar en forma de mujer.
La había matado, tenía
plena conciencia de ello pero el hecho le parecía lejano. Permaneció al borde
del peñasco unos minutos más, sin siquiera mirar hacia el lugar donde se
encontraba el cuerpo, más por desinterés que por temor. Volvió por el mismo
sendero por el que habían llegado hasta allí con la leve conciencia de no haber llegado sólo.
-¿Habían? “¡Ah! Ella” ¿Ella?
Su memoria parecía
fallar a momentos. Su paso era firme y decidido, sin detenerse tornó la mirada hacia su mano en la cual aún sostenía la daga con que la había herido, la sangre había manchado sus
ropas, sus manos, su rostro. Guardó la
daga en el bolsillo interno de su abrigo y siguió por el sendero hasta llegar a
un enorme y frondoso bosque, el invierno comenzaba a presentarse y las
noches empezaban a ser más frías, más silenciosas, más oscuras. La penumbra del bosque y su silencio le dio calma, recordó que solo minutos antes
había recorrido este mismo camino acompañado, al menos así parecía, por una mujer a la que había matado. Al recordarlo le pareció curioso el haber sido
participe en un suceso que le parecía tan ajeno a él y se preguntaba por qué habría decidido matarla.
Recordó su rostro y su mirada, y por primera
vez desde que se alejó del peñasco, sus rasgos parecieron cobrar vida. Recordaba una mirada divertida y dulce y unas palabras que ella había dicho, algo sobre lo hermosa que estaba la luna y las misteriosas sombras que
asomaban con la luz de ésta entre los árboles, y cómo las sombras, de las
cuales se decía que eran oscuras y hasta tenebrosas, no eran más que una
especie de espejo de todo lo vital que ni siquiera la luz con todo su poder se
atrevía a tocar y que la oscuridad no podía ocultarlas, porque ellas eran la
oscuridad.
De repente, en el bosque las sombras parecieron bailaban a su alrededor, como si hubieran tomado la
forma de ella, el viento traía consigo los ecos de su risa de hace solo minutos
y acariciaba las ramas de los árboles como alguna vez él acaricio su pelo, y
deseó tenerla cerca, esperaba que estuviera en su casa, abrigada del frío de la
noche. Pensó en ella con ternura y decidió ir a buscarla, seguramente
le encantaría salir a pasear por el bosque, la luna estaba hermosa y la nieve delineaba el sendero. Apresuró un poco el paso y dedicó
sus pensamientos a aquella mujer y una sonrisa se dibujó
en sus labios, la idea de volver al hogar luego de este largo y frío paseo era
en extremo reconfortante. Se mantuvo así por un momento hasta que algo pareció
molestarlo y su alegría se volvió indiferencia, la misma que luego se tornó ira, él lo sabía, sabía lo que ella había hecho, ahora lo recordaba con claridad y debía poner un alto definitivo a la afrenta. Poseído por una
furia terrible empezó a correr hasta
que con el corazón agitado, vio la casa. Se detuvo unos cantos metros antes todavía resguardado por los árboles de su alrededor, revisó el bolsillo interno
de su abrigo y luego de asegurarse que la daga estuviera allí, se acercó
lentamente. No vio ninguna luz encendida, lo cual confirmaba sus sospechas, ella no estaba ahí y eso dictaba el siguiente paso, estaba resuelto, la amaba pero no podía perdonarla, la
oscuridad de la casa demostraba que estaba en lo correcto, ella había salido, y
¿hacia dónde iría a semejantes horas de la noche y con ese frío? él sabía la
respuesta, a casa de él, de su amante, entonces se dijo, “los mataré a los
dos” y caminó hacia la casa de él. El traidor pagaría sin duda alguna,
pero era ella quién irremediablemente,
esa noche, debía morir.
Prósopon
Prósopon
Su mano apretaba todavía furiosamente la empuñadura de su espada, el hierro ensangrentado denunciaba muerte cual testigo acérrimo de la fragilidad y la necedad humana. Con la respiración entrecortada se abrió paso entre los cuerpos y despojos esparcidos, y envainó cuidadosamente su espada luego de limpiarla con el borde de su manga. Tenía el paso lento pero firme en la convicción del deber cumplido, y caminó en dirección del campamento. En su mente había algo más parecido a la apatía que la calma pues no sentía el alivio que esta otorga; apelaba al orgullo que venía de la victoria sin realmente sentirla, y solo el brillo que ardía en sus ojos delataba la adrenalina que todavía corría por sus venas.
El viento traía el olor a tierra húmeda, a humo, cuero, pólvora y sangre, y a su alrededor los árboles parecían retener el eco de los gritos de dolor de los heridos, el llamado desesperado de los moribundos y los murmullos de sus soldados. Se miró las manos, sabía que la sangre que las cubría no era la suya y las llevó a su cara, intentando limpiar un poco el hollín y la tierra que la cubría, mientras seguía caminando consciente de los olores, de los sonidos, del sabor de la sangre en sus labios. Con los ojos en el horizonte avanzaba receloso de las tropas enemigas a pesar de la certeza de que había acabado con ellas. La guerra había terminado, pero la muerte no entiende de victorias ni de treguas y es mejor mirarla de frente.
Alzó sus ojos al cielo un instante y cayó en cuenta del silencio, ese temible silencio que siempre se antepone a la calamidad, esa calma que provoca miedo. Solamente sus latidos retumbaban en sus oídos como los tambores que anuncian la batalla, todos los sonidos a su alrededor habían desaparecido y al mirar de nuevo en torno a sí, un terror indescriptible lo paralizó. Cada soldado caído en torno a él tenía su rostro. Cada rasgo, cada gesto, cada expresión era la suya, como máscaras mortuorias que no esconden sino delatan. Sus piernas le fallaron y cayó de rodillas hundiendo su cara entre sus manos y abandonando toda cordura gritó entre sollozos desde lo más profundo de su desesperación a la vez que, con el último ápice de razón que le quedaba, se preguntaba aterrorizado si la voz con la cual gritaba era acaso la suya. Había mirado a la muerte de frente y ahora la muerte lo miraba a él.
* Máscara teatral de la antigua Grecia.
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