IRREMEDIABLE
Una daga reflejó la luna, apuntando al corazón, vestida de
sangre en sus pupilas la luna cayó al mar en forma de mujer.
La había matado, tenía
plena conciencia de ello pero el hecho le parecía lejano. Permaneció al borde
del peñasco unos minutos más, sin siquiera mirar hacia el lugar donde se
encontraba el cuerpo, más por desinterés que por temor. Volvió por el mismo
sendero por el que habían llegado hasta allí con la leve conciencia de no haber llegado sólo.
-¿Habían? “¡Ah! Ella” ¿Ella?
Su memoria parecía
fallar a momentos. Su paso era firme y decidido, sin detenerse tornó la mirada hacia su mano en la cual aún sostenía la daga con que la había herido, la sangre había manchado sus
ropas, sus manos, su rostro. Guardó la
daga en el bolsillo interno de su abrigo y siguió por el sendero hasta llegar a
un enorme y frondoso bosque, el invierno comenzaba a presentarse y las
noches empezaban a ser más frías, más silenciosas, más oscuras. La penumbra del bosque y su silencio le dio calma, recordó que solo minutos antes
había recorrido este mismo camino acompañado, al menos así parecía, por una mujer a la que había matado. Al recordarlo le pareció curioso el haber sido
participe en un suceso que le parecía tan ajeno a él y se preguntaba por qué habría decidido matarla.
Recordó su rostro y su mirada, y por primera
vez desde que se alejó del peñasco, sus rasgos parecieron cobrar vida. Recordaba una mirada divertida y dulce y unas palabras que ella había dicho, algo sobre lo hermosa que estaba la luna y las misteriosas sombras que
asomaban con la luz de ésta entre los árboles, y cómo las sombras, de las
cuales se decía que eran oscuras y hasta tenebrosas, no eran más que una
especie de espejo de todo lo vital que ni siquiera la luz con todo su poder se
atrevía a tocar y que la oscuridad no podía ocultarlas, porque ellas eran la
oscuridad.
De repente, en el bosque las sombras parecieron bailaban a su alrededor, como si hubieran tomado la
forma de ella, el viento traía consigo los ecos de su risa de hace solo minutos
y acariciaba las ramas de los árboles como alguna vez él acaricio su pelo, y
deseó tenerla cerca, esperaba que estuviera en su casa, abrigada del frío de la
noche. Pensó en ella con ternura y decidió ir a buscarla, seguramente
le encantaría salir a pasear por el bosque, la luna estaba hermosa y la nieve delineaba el sendero. Apresuró un poco el paso y dedicó
sus pensamientos a aquella mujer y una sonrisa se dibujó
en sus labios, la idea de volver al hogar luego de este largo y frío paseo era
en extremo reconfortante. Se mantuvo así por un momento hasta que algo pareció
molestarlo y su alegría se volvió indiferencia, la misma que luego se tornó ira, él lo sabía, sabía lo que ella había hecho, ahora lo recordaba con claridad y debía poner un alto definitivo a la afrenta. Poseído por una
furia terrible empezó a correr hasta
que con el corazón agitado, vio la casa. Se detuvo unos cantos metros antes todavía resguardado por los árboles de su alrededor, revisó el bolsillo interno
de su abrigo y luego de asegurarse que la daga estuviera allí, se acercó
lentamente. No vio ninguna luz encendida, lo cual confirmaba sus sospechas, ella no estaba ahí y eso dictaba el siguiente paso, estaba resuelto, la amaba pero no podía perdonarla, la
oscuridad de la casa demostraba que estaba en lo correcto, ella había salido, y
¿hacia dónde iría a semejantes horas de la noche y con ese frío? él sabía la
respuesta, a casa de él, de su amante, entonces se dijo, “los mataré a los
dos” y caminó hacia la casa de él. El traidor pagaría sin duda alguna,
pero era ella quién irremediablemente,
esa noche, debía morir.
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