lunes, 19 de marzo de 2012

Humo



HUMO

En el Café la torre que se alzaba en medio de aquella ciudad milenaria, sentado frente a la ventana y junto a una mujer, estaba un hombre de mediana edad, vestido con un elegante traje gris y fumando una delicada pipa. Estaban solos, los demás clientes se habían marchado ya hace rato y el mesero los veía como disgustado por su presencia. Parecía que ninguno de los dos tenía intenciones de marcharse aún  cuando sabían que el Café estaba por cerrar. Él miraba a la mujer como se  mira a la luna llena en su esplendor y lejanía, con fascinación, tratando de adivinar que guardaba aquella cabeza mientras conversaban acerca de todos los temas que entre ellos podían detener su mundo y a la vez extorsionar al tiempo. Él la amaba tanto que sentía que su corazón empezaba a arder aún con más intensidad que el tabaco que se consumía entre sus labios, en la mirada calma de ella parecía reflejarse toda la ansiedad del alma de él mientras la audacia se batía con el silencio. 

Sabía que era correspondido, ambos lo sabían, sin embargo se resistían a admitirlo, él pensaba que al decirlo, las palabras no podrían expresar la verdad de sus sentimientos y no serían más que humo... No más que el humo que salía de su boca y que no harían más que enturbiar aquel momento. Mientras él divagaba contemplándola, ella hablaba animosamente. Se acercó el mesero y retiró sus tazas al tiempo que el hombre del traje gris le pedía la cuenta, ella aprovechó la interrupción para retirarse un momento hacia el tocador, él la miró mientras ella se alejaba hasta que su mirada solo tenía el eco de aquella imagen tan querida para él. El mesero se había retirado hacia la cocina y había apagado ya varias luces del lugar, insinuando que ya era hora de que se fueran sin tener la desagradable tarea de decirlo. El hombre del traje gris miró por la ventana cuando estaba a punto de dar fin al poco tabaco que quedaba en su pipa y se quedó paladeando su sabor un largo rato, llevó su mano hasta la pipa para retirarla de su boca y exhaló por última vez. Más al momento de exhalar, sus labios empezaron a tomar diversos tonos  grisáceos, algo así como el color de las nubes cuando se avecina tormenta, y el humo que exhalaba no parecía parar de salir de su boca la cual cosquilleaba al tiempo que insólitamente desaparecía… Miró en el vidrio su reflejo, en un inicio con una sensación de infantil curiosidad, en su mente distraída aún quedaban restos de la imagen de aquella mujer que volvería en cualquier momento, ésta curiosidad se volvió incredulidad y la incredulidad se convirtió en terror incomprensible. Su reflejo era ofuscado por el humo que salía entre sus labios, en el cual se convertía su boca y se expandía.

  De su rostro, en pocos instantes, casi no quedaba nada, en su lugar solo había humo.Pronto empezaron a desaparecer sus manos, su cabello, su torso…todo él se convertía en humo, hasta que al fin, solo su miraba enloquecida en lo que aún quedaba de su rostro resistía, una mirada aislada aun de aquel sofocante incendio se vio reflejada en el cristal de la ventana gritando en silencio por auxilio hasta que por último, desapareció.

Ella regresó al cabo de unos segundos, desde la puerta lo buscó con la mirada pero lo único que encontró fue una pesada columna de humo y la pipa en el suelo que se apagaba lentamente. 


Irremediable





IRREMEDIABLE

Una daga reflejó la luna, apuntando al corazón, vestida de sangre en sus pupilas la luna cayó al mar en forma de mujer.

La había matado, tenía plena conciencia de ello pero el hecho le parecía lejano. Permaneció al borde del peñasco unos minutos más, sin siquiera mirar hacia el lugar donde se encontraba el cuerpo, más por desinterés que por temor. Volvió por el mismo sendero por el que habían llegado hasta allí con la leve conciencia de no haber llegado sólo.


-¿Habían? “¡Ah! Ella” ¿Ella?

Su memoria parecía fallar a momentos. Su paso era firme y decidido, sin detenerse tornó la mirada hacia su mano en la cual aún sostenía la daga con que la había herido, la sangre había manchado sus ropas, sus manos, su rostro. Guardó la daga en el bolsillo interno de su abrigo y siguió por el sendero hasta llegar a un enorme y frondoso bosque, el invierno comenzaba a presentarse y las noches empezaban a ser más frías, más silenciosas, más oscuras. La penumbra del bosque y su silencio le dio calma, recordó que solo minutos antes había recorrido este mismo camino acompañado, al menos así parecía, por una mujer a la que había matado. Al recordarlo le pareció curioso el haber sido participe en un suceso que le parecía tan ajeno a él  y se preguntaba por qué habría decidido matarla.
 Recordó su rostro y su mirada, y por primera vez desde que se alejó del peñasco, sus rasgos parecieron cobrar vida. Recordaba una mirada divertida y dulce y unas palabras que ella había dicho, algo sobre lo hermosa que estaba la luna y las misteriosas sombras que asomaban con la luz de ésta entre los árboles, y cómo las sombras, de las cuales se decía que eran oscuras y hasta tenebrosas, no eran más que una especie de espejo de todo lo vital que ni siquiera la luz con todo su poder se atrevía a tocar y que la oscuridad no podía ocultarlas, porque ellas eran la oscuridad.
De repente, en el bosque  las sombras parecieron bailaban a su alrededor, como si hubieran tomado la forma de ella, el viento traía consigo los ecos de su risa de hace solo minutos y acariciaba las ramas de los árboles como alguna vez él acaricio su pelo, y deseó tenerla cerca, esperaba que estuviera en su casa, abrigada del frío de la noche. Pensó en ella con ternura y decidió ir a buscarla, seguramente le encantaría salir a pasear por el bosque, la luna estaba hermosa y la nieve delineaba el sendero. Apresuró un poco el paso y dedicó sus pensamientos a aquella mujer y una sonrisa se dibujó en sus labios, la idea de volver al hogar luego de este largo y frío paseo era en extremo reconfortante. Se mantuvo así por un momento hasta que algo pareció molestarlo y su alegría se volvió indiferencia, la misma que luego se tornó ira, él lo sabía, sabía lo que ella había hecho, ahora lo recordaba con claridad y debía poner un alto definitivo a la afrenta. Poseído por una furia terrible empezó a correr hasta que con el corazón agitado, vio  la casa. Se detuvo unos cantos metros antes todavía resguardado por los árboles de su alrededor, revisó el bolsillo interno de su abrigo y luego de asegurarse que la daga estuviera allí, se acercó lentamente. No vio ninguna luz encendida, lo  cual confirmaba sus sospechas, ella no estaba ahí y eso dictaba el siguiente paso, estaba resuelto, la amaba pero no podía perdonarla, la oscuridad de la casa demostraba que estaba en lo correcto, ella había salido, y ¿hacia dónde iría a semejantes horas de la noche y con ese frío? él sabía la respuesta, a casa de él, de su amante, entonces se dijo, “los mataré a los dos” y caminó hacia la casa de él. El traidor pagaría sin duda alguna, pero era ella quién irremediablemente, esa noche, debía morir.





Prósopon

Prósopon

Sin prisioneros de guerra. Esa había sido la orden desde el principio, pero la guerra estaba ganada, la batalla había terminado y a aquel soldado de rodillas frente a él esperando su destino, le perdonó la vida. Con el filo de la espada lista sobre el cuello del soldado había dudado, y no por capricho; el joven soldado le había recordado a sí mismo y lo dejó ir.
Su mano apretaba todavía furiosamente la empuñadura de su espada, el hierro ensangrentado denunciaba muerte cual testigo acérrimo de la fragilidad y la necedad humana. Con la respiración entrecortada se abrió paso entre los cuerpos y despojos esparcidos, y envainó cuidadosamente su espada luego de limpiarla con el borde de su manga. Tenía el paso lento pero firme en la convicción del deber cumplido, y caminó en dirección del campamento. En su mente había algo más parecido a la apatía que la calma pues no sentía el alivio que esta otorga; apelaba al orgullo que venía de la victoria sin realmente sentirla, y solo el brillo que ardía en sus ojos delataba la adrenalina que todavía corría por sus venas. 

El viento traía el olor a tierra húmeda, a humo, cuero, pólvora y sangre, y a su alrededor los árboles parecían retener el eco de los gritos de dolor de los heridos, el llamado desesperado de los moribundos y los murmullos de sus soldados. Se miró las manos, sabía que la sangre que las cubría no era la suya y las llevó a su cara, intentando limpiar un poco el hollín y la tierra que la cubría, mientras seguía caminando consciente de los olores, de los sonidos, del sabor de la sangre en sus labios. Con los ojos en el horizonte avanzaba receloso de las tropas enemigas a pesar de la certeza de que había acabado con ellas. La guerra había terminado, pero la muerte no entiende de victorias ni de treguas y es mejor mirarla de frente.
Alzó sus ojos al cielo un instante y cayó en cuenta del silencio, ese temible silencio que siempre se antepone a la calamidad, esa calma que provoca miedo. Solamente sus latidos retumbaban en sus oídos como los tambores que anuncian la batalla, todos los sonidos a su alrededor habían desaparecido y al mirar de nuevo en torno a sí, un terror indescriptible lo paralizó. Cada soldado caído en torno a él tenía su rostro. Cada rasgo, cada gesto, cada expresión era la suya, como máscaras mortuorias que no esconden sino delatan. Sus piernas le fallaron y cayó de rodillas hundiendo su cara entre sus manos y abandonando toda cordura gritó entre sollozos desde lo más profundo de su desesperación a la vez que, con el último ápice de razón que le quedaba, se preguntaba aterrorizado si la voz con la cual gritaba era acaso la suya. Había mirado a la muerte de frente y ahora la muerte lo miraba a él.

* Máscara teatral de la antigua Grecia.